Contémplala: es muy bella, su risa golpea la costa,
toda de iras y espumas.
Pero no intentes decirle lo que piensas.
Ella está en otro mundo
(tú no eres más que un extranjero de sus ojos,
de su edad)
Dile, en todo caso, que te gustan sardinas fritas,
sobre todo una tarde en que llueve un inolvidable vino blanco.
Háblale del hermoso fuego de tu patria.
Ella es clara y oscura como la lluvia en que reina su ciudad.
Sus ojos se detienen en un punto movedizo
entre la estación del amor y un tiempo imprevisible.
Claro que a veces olvidas
(por un instante, es cierto)
tu oficio de notario, y, como ser humano al fin,
te pones a hablar líricamente de política.
Lo mejor que puedes hacer es convencerte de que la poesía te completa,
comprobar que has cruzado el lindero del horror y la angustia,
escribir que una tarde recorriste la bella ciudad empedrada
para encontrar lo que no podía ser el amor
sino el poco de sueño
que recuerda un gran sueño.
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