Qué deberá asentarse de mi viaje:
¿la caricia en el aire y los olores
o la inclemencia de los tiempos?
¿el esplendor oriundo del paisaje
o la humana aflicción?
¿la dicha de vibrar en lar nativo
o la fugacidad de esa vivencia?
¿la acogida de mi paÃs en ti
o el ulterior redoble del destierro?
Antes me reconocerÃan
en Siena, donde acaso nunca esté,
que en la ciudad donde cumplà los veinte
y hago mÃa por licencia de ensueño.
Celebran mi dicción: no reconocen
mi piel, ni la orfandad que me dio voz
ni el gran rechazo en que forjé mi vida
ni lo inmenso que entiendo por amar.
¿Podré llamar tu suelo mÃo al fin?
Fuera de la poesÃa sin confines
¿puedo quedarme, aunque pierda el aire
donde doy la batalla del poema?
Dime si voy a habanecer contigo
como si fuera la Isla todavÃa
más que quimera, mi paÃs real.
O sólo alcanzo a pregonar su luz,
la vapuleada gracia con que asume
los delirios culpables de sus penas.
¿Habrá concordia entre dolor y gozo?
Si algo se asienta en mà será el deseo
de no tener ya nada que decir:
de ser como serÃa antes del cisma.
Fatum de soledad que yo no canto:
soledad de alumbrar donde no vivo
soledad de vivir donde no asombras
soledad de arder donde no cuenta.
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