Epitafio a la memoria

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Como un hacha plegada, o un aire rendido a un viejo territorio,
pasáis como ancianos roncos
ante el caballero caído bajo las piedras,
amarillo, sin dedos ya, como zapallo de ultratumba.
La noche y su hembra ciega echaron estos huesos en el bulevar,
despojos que pesan en el corazón
como gladíolos, o los ojos del padre muerto.
Dejad que caiga esta pierna en el mar, el mar profundo.
¡Oh, alma !, pingajo quemado, tigre sin rayas en la gran gema difusa,
lingote seco en el furor pálido,
espera un descendimiento,
una voz cayendo desde arriba,
porque, ciertamente, el cuervo de las alucinaciones,
el cuervo, reo de tristezas,
creará un día su propia fábula, su corazón por encima de la memoria,
y su pecho de oro, su viento rasgado,
muerde el oído del tiempo, apenas, y de rodillas.



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