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Una luna de alfanje corta el valle de Morna.

La húmeda niebla envuelve
el asiento trasero del destino.

Una hoguera de almendros
esclarecía el desamor.
El viento se acerca,
como una presencia
infinita.

La carretera serpea en la distancia,
como los cuerpos olvidados que van a dar al mar.

El fósforo de la tarde se dilata en los campos,
y el mar hace creer en otra vida.

Suenan, a lo lejos,
los tambores de la playa,
una pavana ausente,
el agua desamparada.
Las palabras comen de tu mano,
como gaviotas de fuego,
como úlceras de la madera.

Tañedor de cuerpos,
tu tez se ilumina en la brisa y en la pena,
aldaba de la lluvia.

Pero la isla se cierra, como un amante,
sobre sí misma.
Recordó la noche en que casi perdió la razón.


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